Si alguna vez soñaste con volar en globo, seguramente Capadocia apareció entre esas imágenes que uno guarda para "algún día". En nuestro caso era un sueño que venía desde la infancia, cuando mirábamos las aventuras de Julio Verne y aquellos enormes globos aerostáticos despertaban la imaginación.
Pero antes de despegar hubo que aprender la primera lección de Capadocia: aquí quien manda es el viento.
El clima y la paciencia antes del despegue
Desde que llegamos a Turquía el clima nos puso a prueba. Aunque viajamos entre fines de marzo y principios de abril para evitar el Ramadán, la nieve nos acompañó durante buena parte del recorrido. Incluso nos sorprendió una tormenta en la ruta rumbo al interior del país.
Y finalmente llegó ese día.
A las cuatro de la mañana sonó el despertador. Nos llevaron al hotel donde, mientras desayunábamos, todos esperábamos la noticia. Nadie hablaba demasiado. Las miradas iban y venían buscando alguna señal. Nos habían advertido que, si el viento seguía fuerte, el vuelo volvería a cancelarse como el día anterior y nos ofrecerían otra actividad en Pamukkale. Sabíamos que no sería lo mismo.
Pasadas las cinco y media llegó el anuncio que todos esperábamos.
—¡Hoy se vuela!
La sonrisa fue inmediata. Después de varios intentos frustrados, por fin iba a suceder.
Todavía era de noche cuando llegamos al lugar de despegue. El paisaje parecía sacado de una película. Sobre el suelo descansaban decenas de globos extendidos mientras los enormes quemadores lanzaban llamaradas para llenarlos de aire caliente. El sonido del fuego rompía el silencio de la madrugada y las telas comenzaban a levantarse lentamente hasta convertirse en gigantes de colores.
Mientras esperábamos nos ofrecieron un pequeño desayuno, aunque, para ser sinceros, la emoción era mucho más grande que el hambre.
La madrugada cobra color
Nos asignaron la canasta. Era de material vegetal trenzado y para subir había que apoyar un pie en una pequeña abertura y pasar al otro lado. Compartimos el vuelo con casi todo nuestro grupo, el piloto y una pasajera más.
Estábamos felices. Después de tantos días pendientes del pronóstico, ya nada importaba. Teníamos esa mezcla de ansiedad y emoción que solo aparece cuando estamos a punto de cumplir un sueño. Nos mirábamos y no podíamos dejar de sonreír.
Un despegue imperceptible
El despegue fue una sorpresa. Esperábamos sentir un tirón o un movimiento brusco, pero ocurrió exactamente lo contrario. El globo comenzó a elevarse con una suavidad increíble. Fue tan gradual que, por un instante, parecía que el suelo simplemente se alejaba de nosotros.
En la oscuridad solo se distinguían las llamas de los quemadores iluminando los globos que iban despegando uno tras otro. Éramos parte de un espectáculo que hasta ese momento solo habíamos visto en fotografías.
Y entonces llegó el amanecer
Pocas veces un amanecer nos emocionó tanto como ese. A medida que aparecían los primeros rayos del sol, Capadocia iba revelando lentamente su paisaje. Las formaciones rocosas cambiaban de color, los valles comenzaban a iluminarse y decenas de globos flotaban alrededor nuestro. Nos costaba creer que realmente estuviéramos allí.
Pero todavía faltaba lo mejor.
El piloto empezó a descender entre las famosas chimeneas de hadas. Pasábamos tan cerca de algunas que parecía que podíamos tocarlas con la mano. En un momento incluso otro globo se apoyó suavemente sobre el nuestro. Desde abajo puede parecer peligroso, pero arriba apenas fue un roce. Sin golpes, sin sobresaltos. Igual que cuando dos globos de cumpleaños se tocan y vuelven a separarse.
Desde el aire también fuimos descubriendo pequeñas escenas que desde tierra hubieran pasado desapercibidas. Una de ellas nos sorprendió especialmente: una declaración de amor preparada en medio del paisaje, con un enorme corazón formado por pétalos. Tuvimos la suerte de verla justo en el momento en que ocurría.
Seguimos sobrevolando el famoso Valle del Amor mientras el silencio solo era interrumpido por el sonido del quemador.
Precisión y brindis final
El aterrizaje también fue todo un espectáculo. Desde el aire veíamos varias camionetas siguiendo el recorrido de los globos. La misión consistía en apoyar la canasta directamente sobre la caja del vehículo. Parece imposible, pero los pilotos tienen una precisión admirable. De una forma muy simbólica, podríamos decir que "estacionan" el globo.
Ya en tierra nos esperaba el cierre perfecto: fotos de todo el grupo y un brindis con espumante para celebrar el vuelo.
Una huella imborrable
Hay experiencias que uno recuerda porque fueron lindas. Y hay otras que quedan grabadas porque, mientras las estás viviendo, sentís que ese momento no se va a repetir jamás. Para nosotros, volar en globo sobre Capadocia fue exactamente eso.
Una experiencia de una tranquilidad difícil de explicar, donde la emoción no viene de la velocidad ni de la adrenalina, sino de contemplar uno de los paisajes más extraordinarios del mundo desde el primer vehículo que la humanidad inventó para volar.
