Maceió y Maragogi por nuestra cuenta:
Crónica de un viaje inolvidable por la Costa de los Corales

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Hay viajes que se planean durante meses y otros que nacen casi de un impulso. El nuestro fue de esos. Faltaban apenas diez días para comenzar las vacaciones cuando decidimos volver al nordeste de Brasil. Queríamos recorrer la Costa de los Corales, descubrir São Miguel dos Milagres y regresar a Maragogi, uno de esos lugares que siempre invita a volver.

1. El desafío del vuelo y la alternativa de Porto Alegre

El primer desafío apareció enseguida. Los pasajes desde Montevideo hasta Maceió tenían precios muy elevados y parecían hacer imposible el viaje. Pero, como nos gusta hacer cada vez que organizamos una escapada, empezamos a buscar alternativas.

La respuesta apareció donde menos la esperábamos: Porto Alegre. Salir desde el sur de Brasil nos permitía ahorrar más de mil dólares. Incluso sumando el combustible, los peajes y el estacionamiento del auto junto al aeropuerto, la diferencia seguía siendo enorme. La decisión estaba tomada.

Aviones en POA - Porto Alegre

Lo que no imaginábamos era que la aventura comenzaría mucho antes de subir al avión. Salimos de Uruguay durante la noche con la idea de llegar con tiempo suficiente al aeropuerto. Sin embargo, al llegar a la frontera nos encontramos con una larguísima fila de vehículos. Era temporada de vacaciones y cientos de viajeros también cruzaban rumbo a las playas brasileñas. La espera se hizo mucho más larga de lo previsto.

💡 Tip viajero: Si pensás salir desde un aeropuerto brasileño, calculá varias horas extra para cruzar Migraciones. En temporada alta las demoras pueden ser importantes y es mejor viajar con margen que vivir el trayecto mirando el reloj.

Cuando por fin retomamos la ruta respiramos aliviados... hasta que descubrimos que parte de nuestra documentación había quedado olvidada en Migraciones. No hubo otra opción que dar la vuelta. Fueron minutos de mucha tensión. Entre el tiempo perdido en la frontera y el regreso para recuperar los documentos, empezamos a preguntarnos si llegaríamos al vuelo. Por suerte, todo seguía donde lo habíamos dejado y pudimos continuar viaje.

Al llegar al estacionamiento del aeropuerto de Porto Alegre nos llamó la atención la enorme cantidad de autos con matrícula uruguaya. Más tarde entendimos el motivo. Para muchos viajeros del norte de Uruguay, ese aeropuerto se ha convertido en una excelente alternativa para volar al exterior ahorrando una suma importante de dinero. Con el auto estacionado, las valijas listas y el check-in realizado, por fin sentimos que las vacaciones habían comenzado. En pocas horas aterrizaríamos en Maceió, sin imaginar que la lluvia, los cambios de planes y varios desvíos terminarían convirtiendo este viaje en uno de los más memorables que hemos vivido por la Costa de los Corales.

2. Maceió: amor a primera caminata

Apenas aterrizamos en Maceió retiramos el auto de alquiler y pusimos rumbo al hotel. Después de varias horas de viaje, por fin estábamos donde tantas veces habíamos imaginado. Nos alojamos en el Hotel Costamar de Ponta Verde, uno de los barrios más agradables de la ciudad, a pocos pasos del mar y muy cerca de la famosa Cadeira Gigante. Como todavía quedaban algunas horas de luz, dejamos las valijas, respiramos hondo y salimos a caminar. Esa es una costumbre que repetimos en cada destino: nos gusta conocer el lugar a pie y sentir su ambiente.

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La primera impresión fue excelente. La costanera estaba impecable, llena de personas caminando, haciendo ejercicio o simplemente disfrutando de la brisa del mar. A medida que avanzábamos, las jangadas descansaban sobre la arena mientras el cielo comenzaba a teñirse con los colores del atardecer. Llegamos hasta el farol de Ponta Verde, uno de los rincones más emblemáticos de Maceió.

La Cadeira Gigante - todo un lugar emblemático de Maceió.
La Cadeira Gigante - todo un lugar emblemático de Maceió.

El paisaje invitaba a quedarse un buen rato contemplando el mar, sin mirar la hora y sin pensar en nada más.

Para terminar el día elegimos un espeto corrido en la manzana del Hotel frente al mar (Churrascaria Beach Prime) muy recomendable, música en vivo, comida variada y buen precio. Entre carnes, sushi y especialidades brasileñas, brindamos por el comienzo de unas vacaciones que prometían mucho más de lo que imaginábamos. A la mañana siguiente verificamos por qué tantos viajeros recomiendan madrugar en Maceió.

Playa de Maceió en la noche, vela desplegada del bote que dice Maceió. Rueda gigante al fondo.
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Desde la terraza del hotel, el desayuno tenía una vista privilegiada al Atlántico. Después caminamos temprano hasta la Cadeira Gigante. Habíamos leído que más tarde se llena de visitantes y comprobamos que llegar a primera hora fue un acierto. Mientras algunos turistas hacían fila para grabar los populares videos con drones, nosotros preferimos disfrutar del momento sin apuro y seguir recorriendo la costanera.

Vista desde el desayuno en el Hotel Costamar Maragogi
Vista desde el desayuno en el Hotel Costamar Maragogi

Además, tuvimos la suerte de coincidir con la Orla Aberta, una tradición de los domingos en la que la avenida costera se cierra al tránsito para convertirse en un enorme paseo peatonal. Familias enteras caminaban, andaban en bicicleta, hacían deporte o disfrutaban de los espectáculos organizados al aire libre. Como en ese mes se celebraba el Día Internacional de la Mujer, el ambiente era todavía más festivo, con música, actividades y distintos homenajes.

Orla de Maceió un domingo sin autos, la gente paseando.

Aprovechamos la marea baja para caminar hasta el farol, y otros a regalarse un momento de tranquilidad con un agua de coco bien fría, observando la playa y disfrutando de ese ritmo pausado tan característico del nordeste brasileño. Todavía no lo sabíamos, pero al despedirnos de Maceió para emprender la ruta hacia São Miguel dos Milagres, un desafío a Google Maps nos llevaría a descubrir uno de los lugares más sorprendentes de todo el viaje.

Farol Ponta Verde Maceió.

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3. Un desafío a Google Maps que terminó siendo un regalo

Con el equipaje cargado y la ilusión de comenzar a recorrer la Costa de los Corales, dejamos atrás Maceió rumbo a São Miguel dos Milagres. El plan parecía sencillo: recorrer la costa sin apuro, disfrutar del paisaje y llegar al alojamiento a media tarde. Pero el viaje tenía otros planes para nosotros.

Desde Maceió fuimos tomando la costa por la AL-101 camino a São Miguel dos Milagres, desafiando al Google Maps, en Barra do Santo Antonio quisimos seguir por la costa y pasamos por Carro Quebrado. Un lugar que hacía años que añorábamos conocer desde nuestro viaje anterior al Nordeste (Recife, Pipa, Porto Galinhas Maragogi).

El acceso ya anticipaba que sería diferente. El camino atraviesa enormes plantaciones de caña de azúcar que forman un verdadero túnel verde. Con cada curva el paisaje cambiaba y la sensación era la de estar entrando en un rincón escondido del litoral alagoano.

Carro quebrado y su mirador.
El Carro Quebrado y su mirador.

Al llegar encontramos el clásico automóvil que da nombre al lugar: un antiguo Fusca cubierto de grafitis, convertido en uno de los puntos más fotografiados de la zona. Desde allí caminamos hasta el mirador. Y bastó una sola mirada para entender que el desvío había valido completamente la pena. Frente a nosotros aparecieron los acantilados rojizos, el intenso color turquesa del mar y una playa prácticamente virgen. Era uno de esos paisajes que las fotografías difícilmente consiguen transmitir.

Acantilados de Carro Quebrado
Acantilados de Carro Quebrado

Existe un mirador de madera con acceso de pago, pero sentimos que la vista desde el mirador gratuito ya era espectacular. Bajamos hasta la playa para recorrerla con calma. Aunque llegan algunas excursiones en buggy, el ambiente seguía siendo tranquilo. Nos sentamos frente al mar a comer unos pasteles brasileños recién preparados mientras contemplábamos el paisaje.

Playa de Carro Quebrado

Antes de partir recorrimos los pequeños puestos de artesanías. Nos llamaron especialmente la atención unos diminutos Fuscas construidos con cocos, una muestra de la creatividad de los artesanos de la región. Volvimos al auto con una sonrisa. Lo que había empezado como un error de navegación acababa de regalarnos uno de los paisajes más lindos. Y todavía nos esperaba São Miguel dos Milagres, donde una tormenta estaría a punto de cancelar la excursión que más ilusión nos hacía realizar.

Fuscas hechos con coco en Carro Quebrado

Al querer tomar rumbo a São Miguel dos Milagres, vimos que teníamos que volver sobre nuestros pasos a Barra do Santo Antonio para tomar una buena ruta. Un "error" que valió la pena.

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4. São Miguel dos Milagres: donde el tiempo se detiene

Después del inesperado desvío a Carro Quebrado, retomamos la ruta con una sonrisa. Nuestro destino era São Miguel dos Milagres. A medida que nos acercábamos, el paisaje parecía invitar a bajar la velocidad. Los grandes hoteles desaparecían y daban paso a playas casi desiertas, pequeños pueblos y una tranquilidad difícil de encontrar en otros destinos turísticos.

Entrada a la ruta Ecológica dos Milagres Maragogi
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Flats Pousada Três Milagres

Un lugar sencillo con ese tipo de hospitalidad humana que marca por completo la diferencia en un viaje independiente.

  • Calidez extraordinaria y atención al detalle por parte de sus dueñas.
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  • Bicicletas y kayaks de uso gratuito para los huéspedes (ideal para explorar la orilla).
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No perdimos tiempo. Esa misma tarde salimos a recorrer la playa en bicicleta. Pedalear por la arena, con el sonido del mar de un lado y los cocoteros del otro, fue una experiencia tan simple como inolvidable. Apenas nos cruzábamos con otras personas. Parecía que la playa era solo para nosotros. Nos detuvimos varias veces para sacar fotos, caminar descalzos y disfrutar de ese silencio que solo se rompe con el ir y venir de las olas. Esa noche nos acostamos temprano. Al día siguiente nos esperaba una de las excursiones que más ilusión nos hacía realizar: las piscinas naturales de Praia do Toque. Pero, una vez más, el clima tenía otros planes.

Bicicletas en Sao Miguel Dos Milagres

5. La excursión que la lluvia casi nos robó en Praia do Toque

Durante la madrugada una tormenta descargó una cantidad impresionante de agua. Al despertar, el cielo seguía completamente gris y el teléfono sonó muy temprano. La excursión probablemente sería suspendida. Nos resignamos. Sin embargo, cinco minutos antes del horario previsto volvió a sonar el celular: "—¿Ya están prontos? ¡La excursión sale!" No lo pensamos dos veces. En pocos minutos estábamos rumbo al embarque.

Lo que ocurrió después confirmó, una vez más, que los mejores recuerdos de este viaje nacieron cuando los planes parecían venirse abajo. Llegamos al embarcadero mirando el cielo con cierta desconfianza. Las nubes seguían allí y el pronóstico no era alentador, pero la excursión finalmente se realizaría. Subimos a una jangada, la tradicional embarcación de madera del nordeste brasileño, y comenzamos a navegar sobre un mar (bien calmo por el arrecife) que, poco a poco, volvía a recuperar sus tonos turquesa.

Yendo a la jangada

La primera parada fueron las piscinas naturales de Praia do Toque. Apenas nos sumergimos entendimos por qué este lugar es uno de los grandes tesoros de la Costa de los Corales. El agua era tan transparente que parecía desaparecer.

Peces

Peces de todos los colores nadaban a nuestro alrededor y, entre la arena, aparecían estrellas de mar que observábamos sin tocarlas, respetando el delicado ecosistema. Llevar nuestro equipo de snorkel fue una de las mejores decisiones del viaje. Nos permitió disfrutar del arrecife con total tranquilidad y dedicarle el tiempo que quisimos a descubrir la vida marina.

Peces

La segunda parada era completamente diferente. Allí el protagonista era el paisaje. Habían instalado hamacas de red sobre el agua y un enorme inflable con forma de sandía donde todos querían llevarse la clásica foto de recuerdo. Nacho fue el primero en subir y, entre risas y chapuzones, terminó protagonizando algunas de las imágenes más divertidas del viaje.

Tirarse al agua desde el Techo de una jangada
La emoción de tirarse desde el techo de una Jangada.

Pensábamos que eso era todo, pero todavía faltaba la parte más emocionante. La jangada nos llevó mar adentro, hasta una zona donde varias embarcaciones tenían instalados enormes toboganes que terminaban directamente en el océano. Justo cuando nos preparábamos para lanzarnos, el cielo volvió a oscurecerse. En cuestión de minutos comenzó a llover con fuerza. Una espesa cortina de agua cubrió el horizonte y durante unos instantes pensamos que la excursión había llegado a su fin. Sin embargo, igual que había ocurrido desde el comienzo de este viaje, la naturaleza volvió a sorprendernos. La lluvia empezó a perder intensidad hasta transformarse en una fina llovizna. Era nuestra oportunidad. Nos lanzamos una y otra vez por los toboganes y desde el techo de la jangada, nadamos y disfrutamos de una experiencia que, paradójicamente, fue aún más especial gracias a aquella lluvia inesperada.

Cuando emprendimos el regreso ocurrió algo increíble. El cielo volvió a abrirse sobre nosotros, mientras detrás caía un intenso chaparrón que parecía habernos esperado para despedirse. Si la excursión se hubiera cancelado, nos habríamos perdido uno de los momentos más inolvidables del viaje. Y todavía no sabíamos que, camino a Maragogi, el clima volvería a cambiar nuestros planes... para mejor.

6. Cuando el sol cambió todos nuestros planes

A la mañana siguiente dejamos São Miguel dos Milagres con destino a Maragogi. El pronóstico era desalentador. Anunciaban lluvias durante casi todo el día y nuestro plan era simple: llegar al alojamiento, hacer el check-in y esperar que mejorara el tiempo.

Mientras avanzábamos por la ruta, las nubes comenzaron a despejarse. Primero apareció un tímido rayo de sol y, pocos kilómetros después, el cielo se abrió por completo. Nos miramos los tres y pensamos exactamente lo mismo: era imposible seguir de largo. Buscamos rápidamente una playa cercana en el mapa y decidimos desviarnos hacia Praia de Lages, un lugar del que sabíamos muy poco.

El camino ya hacía pensar que habíamos acertado. Atravesamos un túnel natural formado por enormes cañas y cocoteros, mientras algunos buggies levantaban pequeñas nubes de arena a nuestro alrededor. Cada curva mostraba un paisaje diferente y la ansiedad por llegar crecía cada vez más. Cuando finalmente vimos el mar, entendimos que habíamos tomado la decisión correcta.

Túnel vegetal entrando a Praia de Lages

El agua tenía un color turquesa intenso que contrastaba con el verde de los cocoteros y la playa estaba sorprendentemente tranquila. Sin pensarlo demasiado, estacionamos el auto. Lo que iba a ser una simple parada de unos minutos terminó convirtiéndose en varias horas. Almorzamos frente al mar, disfrutamos de una refrescante agua de coco y dejamos que el tiempo pasara sin mirar el reloj. No había apuro. Solo ganas de aprovechar aquel inesperado regalo que nos ofrecía el clima.

Escaparate de Corona en Praia de Lages

Antes de continuar hicimos una última parada en el Farol de Porto de Pedras, un mirador sobre un morro. Desde allí contemplamos toda la costa recortándose entre el verde de la vegetación y el azul del océano. Era una de esas imágenes que quedan grabadas mucho después de terminar el viaje. Mientras volvíamos al auto pensamos en algo: si hubiéramos contratado un traslado o una excursión organizada, probablemente ese día habría sido solo un viaje de enlace estricto entre dos destinos. En cambio, gracias a la libertad de movernos por nuestra cuenta, habíamos descubierto uno de los rincones más lindos de toda la Costa de los Corales. Con esa sensación retomamos la ruta. Maragogi ya estaba muy cerca.

Con las ganas de aventura que nos caracteriza, otptamos por cruzar en Balsa a Japaratinga, en lugar de dar toda la vuelta que marca el Google Maps. Es mas corto por la balza, pero se demora un poco más. Cruzar en balsa siempre tiene su encanto.

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7. Maragogi: el paraíso que nos esperaba frente a la puerta

Llegamos a Maragogi cuando la tarde comenzaba a caer. Después de varios días cambiando los planes según el clima, lo único que queríamos era instalarnos y descansar. Pero el alojamiento tenía preparada una grata sorpresa. Apenas abrimos la puerta del apartamento entendimos que habíamos elegido bien. Era mucho más amplio de lo que imaginábamos. Tenía un gran living, cocina totalmente equipada, lavadero, dos dormitorios, dos baños y un amplio living. Todo resultaba cómodo y pensado para quedarse varios días.

Sin perder tiempo empezamos a recorrer el complejo. Había piscina, amplios espacios verdes y, lo mejor de todo, salida directa a la playa de Ponta do Mangue, considerada por muchos una de las más lindas de Maragogi. Te dejamos el link de Booking.com al hotel para que lo veas en detalle aquí.

Vista desde el Pariso do Sul Maragogi

Todavía quedaba un poco de luz. Nos descalzamos y caminamos hasta la orilla. La marea estaba alta y el mar se movía con suavidad. Entre las palmeras encontramos una hamaca paraguaya instalada dentro del agua. No pudimos resistir la tentación. Nos sentamos allí mientras las pequeñas olas la mecían lentamente. Fue uno de esos momentos en los que no hace falta hablar. Solo mirar el horizonte y disfrutar.

Después caminamos por la playa en dirección al Resort Gran Oca Maragogi. A nuestro paso aparecían pequeñas posadas y restaurantes decorados con colores vivos, jangadas de madera, esculturas y detalles que reflejaban el espíritu alegre del nordeste brasileño. El cielo seguía cubierto de nubes, pero lejos de arruinar el paisaje, le regalaba unos tonos increíbles. Aquella primera caminata fue suficiente para entender que habíamos llegado a un lugar muy especial. Sin embargo, la mayor sorpresa nos esperaba a la mañana siguiente. La marea comenzaría a bajar y nos mostraría un rincón de Maragogi que muy pocos visitantes aprovechan por su cuenta.

8. La piscina natural que nos sorprendió más que el Camino de Moisés

A la mañana siguiente nos despertamos temprano. Habíamos estudiado durante días la tabla de mareas y sabíamos que esa semana no tendríamos una bajamar excepcional. La marea mínima rondaría los 0,3 metros, suficiente para disfrutar del mar, aunque no para ver el famoso Camino de Moisés en todo su esplendor. Lejos de desanimarnos, decidimos aprovechar cada minuto.

Caminamos por la playa en dirección al Resort Gran Oca Maragogi, donde la bajamar deja al descubierto un largo banco de arena que se adentra en el mar. Muchos lo comparan con un pequeño Camino de Moisés, aunque mucho menos conocido. Con el agua apenas cubriéndonos los tobillos comenzamos a caminar mar adentro. A cada paso el paisaje cambiaba. Cuando llegamos al final del banco de arena nos encontramos con una hermosa piscina natural de aguas completamente transparentes. Nos colocamos los snorkels y nos lanzamos al agua. En pocos minutos aparecieron peces de todos los tamaños y colores nadando a nuestro alrededor. Incluso tuvimos un encuentro inesperado con una pequeña serpiente marina, que pasó tranquilamente a unos metros de nosotros antes de desaparecer entre las aguas cristalinas. Fue uno de esos momentos que hacen que uno olvide por completo el paso del tiempo.

Serpiente Marina escondiéndose en los corales.
Serpiente Marina escondiéndose en los corales.

Habíamos llevado zapatos para agua pensando que los arrecifes podían lastimarnos los pies. Sin embargo, descubrimos que no eran necesarios. Los corales están protegidos y no se deben pisar, mientras que el fondo donde se puede caminar es, en su mayor parte, de arena fina. A lo largo del banco de arena había varios escenarios preparados para fotografías, además de pequeños barcos que ofrecían bebidas, frutas, caipiriñas y hasta carnes asadas. El ambiente era muy animado, aunque sin perder la tranquilidad que caracteriza a Ponta do Mangue.

Cuando la marea comenzó a subir apareció una propuesta imposible de rechazar.

Una moto de agua remolcaba un enorme gomón inflable que saltaba sobre las olas. Preguntamos el precio. Cinco minutos después estábamos arriba. Las risas comenzaron desde el primer salto. Nacho disfrutó cada segundo mientras nosotros intentábamos sostenernos sin dejar de reír. Más que un simple traslado de regreso a la playa, fue una de esas experiencias espontáneas que terminan convirtiéndose en un recuerdo inolvidable.

De vuelta en la orilla seguimos disfrutando del mar frente a nuestro alojamiento. Todavía no lo sabíamos, pero al día siguiente visitaríamos el famoso Camino de Moisés... y nuestra opinión sería muy distinta a la que habíamos leído en casi todas las redes sociales.

9. ¿Vale la pena el famoso Camino de Moisés?

Después de la experiencia del día anterior, había un lugar que todavía teníamos pendiente: el famoso Camino de Moisés. El pronóstico seguía siendo incierto, pero esa mañana la lluvia nos dio una pequeña tregua. Aprovechamos el momento y salimos temprano, coincidiendo con la marea más baja que tendríamos durante toda la estadía. Habíamos visto cientos de fotos y videos. Parecía ser el sitio que nadie podía dejar de visitar en Maragogi. Quizás por eso nuestras expectativas eran tan altas.

Al llegar encontramos un ambiente muy diferente al de Ponta do Mangue. Había fotógrafos ofreciendo sesiones, puestos de bebidas, recuerdos, música y numerosos spots preparados para las clásicas fotos de Instagram. Todo estaba muy bien organizado para recibir turistas. Comenzamos a caminar mar adentro. El banco de arena era hermoso y permitía internarse varios cientos de metros en el océano, con el agua cubriendo apenas los tobillos en algunos sectores.

Camino de Moises Maragogi

Sin duda, es una experiencia diferente y muy fotogénica. Sin embargo, no tardamos en darnos cuenta de algo: el día anterior habíamos vivido una experiencia muy parecida frente a nuestro alojamiento, con menos gente, más tranquilidad y, además, una piscina natural ideal para hacer snorkel.

Spot para Instagram - Maragogi - Barra Grande - Camino de Moises Maragogi

Por eso, aunque el Camino de Moisés nos gustó, no llegó a sorprendernos tanto como esperábamos. No significa que no valga la pena visitarlo. Al contrario, si es tu primera experiencia caminando mar adentro durante la bajamar, seguramente te encantará. Simplemente, en nuestro caso, la comparación con lo vivido el día anterior fue inevitable.

Perola Negra en Camino de Moises Maragogi

Antes de irnos subimos a un pequeño mirador ubicado frente al camino. Desde allí se aprecia mucho mejor cómo el banco de arena divide el mar y se pierde en el horizonte. Esa vista panorámica fue, sin dudas, una de las mejores postales del lugar.

Mirador desde Barra Maragogi.
Mirador desde el bar Barra Maragogi.

10. Las ruinas de São Bento y una despedida iluminada

Esa tarde decidimos salir a recorrer los alrededores de Maragogi. Nuestro primer objetivo era encontrar un rincón poco conocido que nos habían recomendado, pero, por más que preguntamos varias veces en el camino, nunca logramos dar con el acceso. Lejos de frustrarnos, cambiamos nuevamente los planes y pusimos rumbo a las ruinas del Monasterio de São Bento, uno de esos lugares donde la historia y el paisaje se encuentran.

El antiguo monasterio, construido sobre un morro, ofrece una de las vistas panorámicas más lindas de la región. Desde allí contemplamos el verde de los cocoteros, las playas y el mar perdiéndose en el horizonte, mientras el sol comenzaba a descender lentamente. Fue uno de esos atardeceres que invitan a quedarse un rato en silencio, simplemente disfrutando del paisaje. Desde lo alto también observamos los barrios cercanos y una escena que nos sacó una sonrisa: un grupo de niños jugaba al fútbol con una pasión contagiosa. Más allá del resultado, lo importante parecía ser disfrutar del partido, una imagen muy brasileña que quedó grabada en nuestra memoria. Tras contemplar cómo el cielo se teñía de tonos anaranjados y dorados, regresamos a Maragogi para cenar.

El último día completo en Maragogi amaneció, una vez más, con tiempo aparentemente inestable. Lejos de desanimarnos, decidimos disfrutar del entorno de la playa del alojamiento. Cada vez que el tiempo daba una tregua bajábamos a la playa, caminábamos por la orilla o simplemente contemplábamos el mar, o disfrutábamos en la hamaca paraguaya en el mar.

Paraiso do Sul Maragogi, vista a la hamaca paraguaya

Al caer la tarde nos dirigimos al Mirador do Cruzeiro ubicado sobre un morro, dentro del alojamiento Alto do Cruzeiro Pousada Flat, un hotel en el centro de Maragogi. El acceso es de pago, pero las vistas hacen que valga completamente la pena. Desde allí contemplamos toda la bahía, las playas y el océano extendiéndose hasta donde alcanzaba la vista. Mientras el sol desaparecía lentamente en el horizonte, las nubes comenzaron a abrirse y el cielo nos regaló un espectáculo inesperado. Poco a poco apareció una enorme luna llena. Su luz iluminó el mar con una intensidad que pocas veces habíamos visto. Permanecimos allí varios minutos, casi en silencio, disfrutando de una de las postales más lindas de todo el viaje.

Al regresar al hotel no quisimos que ese momento terminara. Bajamos una vez más a la playa. La arena estaba casi desierta y el único sonido era el de las olas rompiendo suavemente sobre la orilla. Frente a nosotros, la luna llena dibujaba un camino de plata sobre el agua, iluminando el mar como si quisiera regalarnos una despedida inolvidable. En ese instante entendimos que, aunque el clima no siempre nos había acompañado, Maragogi nos había mostrado su lado más auténtico. Con esa imagen grabada para siempre en la memoria nos despedimos de la Costa de los Corales, sabiendo que algún día volveríamos... quizá con más sol, pero difícilmente con recuerdos más lindos.

Vista desde Alto do Cruzeiro Maragogi.
Vista desde Alto do Cruzeiro Maragogi.
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11. Regreso a Maceió y reflexiones finales del trayecto

A la mañana siguiente nos despedimos de Maragogi. El camino de regreso a Maceió fue tan agradable como los días anteriores. La ruta atravesaba interminables plantaciones de caña de azúcar, cocoteros y suaves colinas donde pastaban grandes cebúes blancos, un paisaje muy diferente al que estamos acostumbrados a ver en Uruguay.

Ya instalados en nuestro hotel, ubicado frente a la playa de Pajuçara, salimos a caminar por la costanera. Intentamos alquilar monopatines y bicicletas eléctricas para recorrer la orla, pero la aplicación solo aceptaba documentos brasileños, así que nos quedamos con las ganas.

Escultura O Beijo - El Beso.
Escultura O Beijo - El Beso. Ubicada en la orilla de la Lagoa de Anta, a metros del Hotel.

Lejos de arruinar la tarde, seguimos caminando. La rambla de Maceió tiene un ambiente especial. Las jangadas descansaban sobre la arena y nos propusimos despedirnos de la ciudad desde las alturas.

Fuimos hasta la rueda gigante con la idea de contemplar el atardecer. Sacamos el código QR, compramos las entradas y nos unimos a la larga fila de espera. Lo que no imaginábamos era que aquella cola se convertiría en una de las anécdotas más simpáticas del viaje.

Rueda Gigante Maceio

Muy cerca de nosotros, una pareja había organizado la revelación del sexo de su bebé. Todo estaba preparado para el gran momento, pero los fuegos artificiales se negaban a funcionar.

Lo intentaron una vez... y nada. Una segunda vez... tampoco. La tercera fue igual. Cada intento frustrado despertaba sonrisas y comentarios entre quienes esperábamos para subir a la rueda. Finalmente, cuando los fuegos artificiales estallaron y el humo reveló la esperada noticia, toda la fila rompió en aplausos, celebrando la felicidad de dos completos desconocidos.

Revelación del género del hijo

Fue uno de esos momentos espontáneos que solo ocurren cuando se viaja. Al final, la espera fue tan larga que el sol terminó escondiéndose antes de que llegara nuestro turno. No pudimos ver el atardecer desde la rueda gigante, pero disfrutamos de una hermosa vista nocturna de Maceió iluminada.

A veces los viajes son así. Uno persigue una imagen y termina llevándose otra completamente distinta... pero igual de valiosa. Al día siguiente emprendimos el regreso hacia Porto Alegre y, desde allí, volvimos a Uruguay. Mientras manejábamos de regreso a casa, no hablábamos de los lugares que nos habían quedado pendientes. Recordábamos la lluvia, el error de Google Maps, las bicicletas sobre la arena, el snorkel entre peces, la luna sobre el mar y todas esas pequeñas historias que nunca aparecen en los folletos turísticos. Porque al final entendimos que viajar no consiste en cumplir un itinerario perfecto. Consiste en volver a casa con recuerdos que nunca habrías podido planificar. Los imprevistos fueron, justamente, lo mejor de la aventura.

☀️ Tip viajero: Elegí bien la época del año para visitar la Costa de los Corales

La Costa de los Corales puede disfrutarse durante todo el año gracias a su clima tropical y a las agradables temperaturas del mar. Sin embargo, la época en la que viajes puede marcar una gran diferencia en tu experiencia.

En esta oportunidad la recorrimos en marzo y la lluvia estuvo muy presente. Aunque disfrutamos muchísimo del viaje, hubo excursiones y playas icónicas, como las Galés de Maragogi y Praia de Antunes, que no pudimos conocer en las condiciones que esperábamos.

En cambio, en un viaje anterior que realizamos entre diciembre y enero, nos encontramos con días mayormente soleados, un mar increíblemente turquesa y una transparencia espectacular, ideal para disfrutar al máximo de las piscinas naturales y hacer snorkel.

📌 Nuestra recomendación: Si tienes flexibilidad para elegir la fecha de tus vacaciones, priorizá los meses de menor probabilidad de lluvias (la temporada seca). Las playas son hermosas durante todo el año, pero con sol pleno muestran todo el esplendor que ha hecho famosa a esta región del nordeste de Brasil.

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